La Jabar del Nómada Nº 5. 2001

Rafael Roca Real
Nómada


EMPEZÓ mi aventura, un día de los primeros de marzo de 1961 cuando me enteré de que en muy pocos días más, me llevarían a cumplir el servicio militar en el desierto del Sahara, La verdad es que me llamó mucho la atención en un principio el nombre del cuerpo al que era destinado. En mi cartilla militar "la Verde", decía TROPAS NOMADAS SAHARA.

He de decir que en el fondo siempre me había gustado un poco la aventura, por lo que en un primer momento me alegré ya que era un territorio poco corriente, nada más y nada menos que “un desierto”, pero también lo sentía por la pobre de mi madre, pues ella, como todas la madres, creía que algo me pasaría en aquellas tierras tan lejanas.

Nada más lejos de la realidad, pues me fui siendo un niño y volví hecho un hombrecillo. Ella también pudo comprobarlo a mi vuelta, pues fueron nada más y nada menos que 16 meses los que tardó en volver a verme. Después de este breve recuerdo para mi madre, seguiré con mi aventura.

Ya en la caja de reclutas de la "Alameda" de Valencia fui haciendo indagaciones para saber quienes de los 60 o 70 reclutas destinados al Sahara eran, los 7 u 8 "NOMADAS" como yo.

El viaje que nos llevaría a nuestro destino empezaba en tren desde Valencia hasta Cádiz, luego embarcamos en el "Río Francoli" o "Poeta Arolas", con uno fuimos y con el otro volvimos, no se si por ese orden o no, lo cierto es que los tres días que duró la ida fue bastante mal, pues algunos no teníamos ni paja para dormir en nuestros "camarotes- bodega".

La llegada a la playa de Aaiun fue muy temprano, el barco se paró a unos 2.000 metros de la playa, nuestra descarga sobre los vehículos anfibios, todo terrenos acuáticos y terrestres fue bastante accidentada y digo "nuestra descarga" porque algunos fuimos capaces de deslizarnos por la red de las cuerdas que colgaban al lado del barco y por ellas fuimos descendiendo los 8 metros de altura que separaban los suelos del buque y del anfibio. Otros, los menos no se atrevieron y fueron bajados con grúa en una especie de red de pesca. Lo cierto fue que todos tocamos desierto "sin novedad".

Una de las cosas que más me llamó la atención en ese momento fueron los ojos de los nativos que había allí, pues como hacía bastante viento, llevaban la cara tapada con sus turbantes y pude apreciar que aquella mirada daba margen a duda sobre ellos, pues no sabía si me estaban mirando con recelo ó si realmente me estaban dando la bienvenida.

Más tarde comprobaría que allí, conviviendo con ellos, ocurre como en la viña del Señor, hay de todo.

Apenas llevábamos 5 kilómetros internados en el desierto en dirección al Aaiun, nos dieron un gran susto pues nos hicieron bajar de los camiones y echamos al suelo, ya que al parecer había una escaramuza con "los rebeldes" hecho que también pudo ser una primera novatada de “los veteranos”, lo cierto es que nunca lo llegamos a saber.,

Llegamos al campamento de "SIDI BUYA' , un oasis cercano al Aaiun donde en tiendas de campaña, nos instalamos para tres meses y pico. Recuerdo la primera noche, pues en la tienda éramos 15 reclutas y 1 veterano instructor, nosotros 7 valencianos, la mayoría hablando nuestra lengua. Antes de anochecer llegaron 8 reclutas más vestidos de militar y completamente rapados, nosotros los valencianos al oírles hablar pensamos que eran hispanoamericanos, pues hablaban un castellano raro, ellos por su parte también nos oyeron a nosotros y nos preguntaron ¿ustedes son españoles? Aquello nos hizo mucha gracia pues era lo mismo que nos preguntábamos nosotros, eran canarios.

Después de hacer nuestras presentaciones empezamos a confraternizar y a consolar a los que mas tristes estaban.

Los días en el campamento pasaban sin apenas damos cuenta, algunos añoraban la península y su buena vida, yo gracias a Dios no tanto pues me hice el juramento a mi mismo el día que salí de Valencia de hacer todo lo que se me ordenara protestando lo menos posible, no ser el más valiente pero tampoco el más cobarde, trabajar lo más posible, pues el lema en mi humilde hogar había sido pensar que el que trabaja no tiene malos pensamientos y por último ayudar siempre al más necesitado frente a los chulos que también los había y volver a mi casa con mi deber bien cumplido, y defender mí patria como español en cualquier lugar donde me encontrara.

Tocaban diana hacia las 6,30 ó 7 de la mañana, pasábamos lista y luego limpieza de la tienda, desayuno a base de algo negro que nos daban los cocineros de CABRERIZAS y de cabeza a la instrucción en la "SAGUIA EL HAMRA".

Quisiera nombrar a mis jefes, bueno a los que recuerde, pues ya ha llovido desde entonces y que me disculpen los que no nombre, pues quizá no fueran muy importantes para mí. Empezando por abajo, pues eran, con los que convivía diariamente, eran el Sargento Carrero, tipo bromista, cachondo y campechano al que se le podía dirigir la palabra y te atendía más o menos correctamente. El otro Sargento, Muriel de apellido, era un tipo agresivo y de pocas palabras. Tenía la mano y la lengua muy duras. Al primero le guardo un buen recuerdo y al segundo ningún tipo de rencor, pues al fin y al cabo me hizo ser un soldado duro que luego me sirvió en el corazón del desierto para ser un jefe inmediato del soldado y nómada resistente. También guardo un buen recuerdo de mis tenientes, uno era un niño como nosotros y el otro algo más mayor, don Luis Herrero y don Manuel Piñuel, respectivamente. Al tratar de niño al teniente Herrero, lo hago con todo el respeto y afecto que le tenía, el me consta que también me lo tenia a mi y algún día nos juntaremos en la Hermandad y lo recordaremos. El teniente Píñuel fue también un buen maestro, pues con él hice el curso de Cabo y guardo buenos recuerdos de las bromas que gastábamos en los descansos bajo las palme- ras del oasis de SIDI-BUYA.

El gran jefe el capitán don Antonio Revert, era el que mejor vivía, ya que lo veíamos una vez al día y compartía poco tiempo con la tropa, lo recuerdo con su moto BMW (u otra marca, no estoy muy seguro), llegaba, se bajaba de la moto, se subía a un cajón y todos a desfilar ante él como si fuera un Capitán General. Luego se marchaba y hasta el día siguiente ya no le volvíamos a ver.

Pasaron dos meses, con unas ganas locas de que algún día nos dejaran ir a la "capital" AAIUN, la cual la teníamos a un kilómetro aproximadamente, ciudad prohibida para los reclutas. Digo ganas locas porque nos decían que había cines, bares y hasta "chicas buenas".

No podíamos ir hasta que no jurásemos Bandera, cosa que hicimos el 14-5-61. Hasta ese día la única chica que solíamos ver era una pastorcilla morenita con su rebaño de cabras que hizo estragos entre los muy "fogosos", los cuales debían asistir a la enfermería durante algunos días después de sus amoríos.

El día de la Jura de Bandera, después de la excelente comida, salimos de estampida hacía la capital y la verdad es que no fue tanta la diferencia entre los de un lado y los de la SAGUIA. Unos comían sentados en mesas, dormían en camas y con menos bichitos en el cuerpo, otros hacíamos todo en el suelo y con más compañía. Yo particularmente, no hice una sola comida sentado en una silla durante los 16 meses de mi estancia en el Sahara y no era por falta de ganas, la verdad es que los Nómadas de primera clase y en vanguardia, no necesitábamos "esas mariconadas".

Una vez terminado el periodo de instrucción, del cual guardo más buenos que malos recuerdos, ya que tuve el orgullo de que dos de mis tenientes se disputaran el tenerme en su “compañía” (mi fuerte no es la modestia) AL FINAL GANAMOS EL TENIENTE Herrero y yo. Terminada nuestra puesta a punto nos dividimos todos los nómadas con todo el dolor del corazón por todo el desierto. LAS DESPEDIDAS FUERON TRAUMATICAS. Unos marchaban hacia Smara, Hagunia, Mahbes y Aaiun en el norte y los demás fuimos a Bir-Nzaran, Aargub, Villa Cisneros, Auserd, Tichla o Güera.

Los que fuimos al sur las pasamos "putas" en el convoy. Primero nos llevaron a Cabeza de Playa, pues nos dijeron que embarcaríamos hasta Villa Cisneros. En Cabeza de Playa estuvimos unos días esperando el barco que nunca llego. Eso sí nos llevamos todos los piojos y pulgas amen de chinches y otros animalitos que había en la zona, pues parece ser que las gentes de por, allí estaban inmunizados y a1 llegar "sangre fresca" todos los.”bichitos"se encariñaron con nosotros y nos los llevamos al volver otra vez a Sidi-Buya.

Después de uno o dos días en Sidi-Buya nos montaron en el mencionado convoy a base de camiones Ford- K (espero que estén todos en el Infierno para darle por el ...al mismísimo Satanás). Bien, pues la buena idea del organizador del viaje de 500 km. a través del desierto en el mes de julio desde El Aaiun hasta Argub pasando por Bir-Nzaran con temperaturas cercanas a los 50 grados a la sombra. No sé sí fueron tres ó cuatro los días que duró solo hasta Bir-Nzaran.

Recuerdo que solo llevábamos una cuba de tres mil litros de agua para suministro de tropas y vehículos, creo que el 90% se la chuparon los camiones al segundo día y el otro 10% restante fue defendido hasta con pistola en mano, sino que se lo pregunten al entonces teniente don Antonio Martín Rodríguez, más tarde uno de mis tres tenientes en Auserd, el cual era uno de los jefes del dichoso convoy. La gente iba de un lado a otro y hasta con trozos de tubo de goma intentando chupar agua de los radiadores de los camiones, con el peligro de que al que pillaban haciéndolo le llamaban la atención duramente.

Recuerdo a mi compañero J. Luis Risueño que vino donde estábamos mi compañero José Rocher y yo y nos dijo de ir con él porque había encontrado un radiador de coche que se salía. Allí nos pasamos casi todo el día dándonos la vez para recibir directamente en la boca la gota de agua que caía del radiador, llevábamos parados uno o dos días hasta que una tarde pidieron voluntarios para ir a buscar agua con uno de los camiones que llevaba bidones vacíos hasta un destacamento que decían se encontraba bastante cerca.

Me apunte rápidamente y cual fue mi sorpresa que tras un montón de horas se nos echó la noche encima. En este camión iba un sargento europeo al mando, dos guías nativos y dos o tres soldados también europeos, entre ellos mi amigo Rocher y yo. De vez en cuando parábamos y los guías, pie a tierra, analizaban el terreno. La verdad es que la impresión y los comentarios entre nosotros eran de que no tenían ni puñetera idea del lugar donde nos encontrábamos. Al iniciar la marcha ya a las once de la noche por lo menos, me pareció ver una luz, se lo dije al sargento, el cual, estaba supercabreado como podéis imaginaros, me dijo, "chaval no me vengas con cachondeo que te la ganas" a lo cual yo conteste " que no mi sargento, que la he visto", total que nadie la veía más que yo. "Ya me esperaba algún regalo del sargento" cuando otro compañero dijo: "sí es verdad, yo también la he visto" y es que como bien sabéis todos mis compañeros NOMADAS, las luces por las noches y los sonidos siempre, se ven y escuchan en el desierto a una gran distancia. Bueno pues, dirección hacia la luz. Al cabo de casi otra hora, veíamos por fin como se acercaba la luz hacia nosotros.

Al llegar a BIR-NZARAN, pues este era el nombre del destacamento, recuerdo a unos legionarios de guardia que nos esperaban, "por favor dadnos agua", fue el ruego más que petición, "ahí la tenéis" y nos señalaron hacía un bidón que había lleno de ella. Yo más avaricioso, fui el primero en meter la cabeza en el mismo. Ya cuando estaba casi saciado, sentí unas palmadas en la espalda y la voz de un legionario diciéndome "chico no bebas de ahí, pues el grifo del depósito lo tienes sobre tu cabeza" y en ese bidón es donde limpiamos las marmitas y restos de cacharros de cocina.

Entre la poca agua que me tocó del radiador y la mucha del bidón de los cacharros, a los dos meses aún notaba aquellos asquerosos sabores cada vez que bebía.

Una vez llenos los bidones del camión y repostado el mismo, volvieron de regreso acompañados por otro camión, también lleno de bidones en dirección al convoy. Nosotros "los voluntarios-", ya nos quedamos a cenar y dormir en el destacamento como premio.

El convoy llegó a últimas horas del día siguiente y dos días después seguimos viaje a AARGUB. Una vez llegados a este destacamento pegado a la ría de VILLA CISNEROS , parece ser que ya empezó la distribución del personal para los distintos puntos. Unos, para el mismo VILLA CISNEROS, otros a AUSERD y TICHLA que era la misma dirección, y a nosotros, Rocher y yo, "nos facturaron" de regreso a BIR NZARAN, nuestro primer destacamento.

Llegados a este punto, después de siete u ocho días de convoy, nos presentamos al teniente Jefe de Puesto don Jesús Campos. Este buen oficial fue el primer jefe que tuvimos en el interior del desierto. Ni que decir tiene, la alegría de los dos o tres veteranos a los que íbamos a reemplazar, pues unos días antes cuando pasó por allí el convoy, se quedaron pasmados, al ver que no les dejaban ningún sustituto y el convoy seguía su paso, sin dejar a nadie en ese lugar.

Pasamos un día con los veteranos y se fueron en el mismo camión que nos había traído a nosotros. Nuestro trabajo era principalmente el cuidado y administración de todo lo necesario para mantener el destacamento.

En BIR-NZARAN estuve hasta el 10-9-61, mes y medio aproximadamente, fecha en la cual se recibió mi ascenso a cabo y entonces con la orden de marcha firmada por el sargento Martín Fernández, me volvieron a mandar a la Plana Mayor de la Cía, en Auserd. Allí me presenté a mi capitán don Ricardo Píltain. Sentí mucho dejar BIR-NZARAN, sobre todo por mi amigo Rocher, pues salimos de Valencia juntos y así habíamos estado hasta ese momento y la verdad es que estábamos muy unidos.

La vida en Auserd me pareció un milagro, pues habíamos pasado tantas penurias desde la llegada a "Cabeza de Playa" en AAIUN , que la tranquilidad de este fuerte entre montañas de piedra negra quemada por el sol, me parecía un relax que poco duró, pues mis ganas de no pasar desapercibido unidas a mi carácter "guerrero”, me sirvieron para que "me llovieran" toda clase de trabajos; furriel, ayudante de oficina, encargado de la alimentación de camellos, almacén de munición y armamento, cantina, economato, en fin lo suficiente para mantenerme entretenido todo el día. También había tiempo para hacer un poco de instrucción, casi todas las mañanas, para no perder la costumbre y mantenernos en forma. Los soldados nativos, todos 'NOMADAS (40 ó más), también tenían su instrucción.

Recuerdo que por la noche se cerraban los dos huecos que había en la alambrada perimetral y todos los nativos salían del destacamento. Las guardias nocturnas siempre eran a cargo de los militares europeos y las diurnas de ellos. La tropa europea éramos unas 20 ó 25 personas, la mayoría NOMADAS y el resto Ingenieros, Sanidad e Intendencia.

A todo esto todavía no he nombrado a mis Jefes superiores en Auserd, solo al capitán. Los tenientes eran don Antonio Ramos-Yzquierdo, don Jesús Valencia y don Antonio Martín; los suboficiales el Stte. Justo y sargentos Alba y Martín. También teníamos un Cabo 1º, cuyo nombre no recuerdo en este momento.

Los suboficiales nativos los nombra mi querido teniente (hoy General de División) don Jesús Valencia en el numero 4 de nuestra revista "LA JABAR DEL NOMADA, y con su permiso se los copio: sargentos Burhi, Mohamed, Forrieck, Hamma y Bomba, pues yo ya casi no recordaba sus nombres. De todos guardo gratos recuerdos de convivencia en Auserd y además una gran admiración sobre todo de nuestro querido Presidente Tte. General don Antonio Ramos- Yzquierdo, del cual tengo el honor de guardar sus firmas en mi Cartilla Militar, una de las firmas "muy importante para mi", por la que me ascendió a Cabo. Hoy tengo el orgullo de confraternizar con ellos, cuando coincidimos en las Asambleas y contamos nuestros recuerdos al calor de unos vinos (ojalá que sean muchos).

El fuerte de Auserd, era un edificio bien construido y seguro, cuando lo vi por primera vez, me pareció estar en el Oeste americano por su similitud, diferenciando que los americanos eran de madera y este estaba hecho de obra, con unos muros a prueba de bomba. En su interior estaban distribuidos (a ver si lo recuerdo) los siguientes servicios: la zona de oficiales con su cocina y comedor y resto de servicios, dormitorio de la tropa, donde convivían todos los europeos, oficina, cantina, economato, almacén de piensos, almacén de armamento y munición, Cuerpo de Guardia, en total unos 600 m2, aproximadamente incluyendo su patio interior. La verdad es que una vez se echaba la noche encima, a mí al menos me daba bastante seguridad, pues las guardias eran hechas, como ya describo solo por el personal europeo. Como anécdota contare que de vez en cuando nos llevamos algún susto que otro. Recuerdo una noche de frío invierno, pues ya sabéis como son las noches en el desierto, estando de cabo de Guardia, sobre media noche sonó un tiro en el interior de Fuerte. "Los gemelos" se nos subieron a todos a la garganta. Sonó la voz del capitán ¡Cabo de Guardia! ¡Cabo de Guardia! al cual conteste "A sus órdenes mi Capitán", dirigiéndose a mí dijo: ¿qué ha pasado? "No lo sé mi Capitán", lo estoy averiguando, contesté "Date prisa Roca e infórmame rápidamente. Empecé a llamar por su nombre a cada uno de los centinelas y todos me contestaron menos uno. "Constantino" contesta por tu padre ¿dónde estás? Pregunté y como sabíamos donde se encontraba su puesto de centinela, nos dirigimos hacia allí y con una pistola que parecía estar viva por los movimientos que hacía en mi mano y los otros dos o tres compañeros con los mauser preparados para disparar.

Por fin alumbramos con la linterna a Constantino, que estaba hecho un ovillo en un rincón y nos dijo "he matado a alguien" a lo cual conteste ¿Pero hombre, cómo no hemos oído que le hayas dado el alto? "No lo sé, pero lo he matado" nos respondió. Efectivamente alumbramos desde lo alto del Fuerte hacía el lugar que nos señaló Constantino en el interior del Patio y allí agonizando se encontraba un burro que nos servia para sacar el agua del pozo. Era una animal pequeñito y muy dócil que tenía "bula" para deambular por donde le diera la gana de noche y de día. Eso le costo la vida al pobre animal.

Otra noche, ésta en verano, serian las diez o las once, uno de los guardias llamó "Cabo de Guardia" y allí me fui preguntando ¿qué pasa? Vi unas luces a lo lejos y efectivamente así era. Lo lógico era que ya supiera que venían vehículos a esas horas, pero pensé "al Capi" se le ha olvidado decírmelo. Bueno pues el "Capi" tampoco sabia nada del asunto, ¿qué hacemos?, nos preguntamos, así que todo el destacamento nos pusimos en pie de guerra a esperar a los visitantes. Tardaron alrededor de dos horas en llegar y al hacerlo nos encontraron a todos preparados para repeler el ataque, el cual no llego a producirse porque "el enemigo" en este caso era un camión destartalado de uno de los comerciantes que salió desde AARGUB y no avisó al puesto militar para dar su recorrido como era su obligación. El capitán quería matar al comerciante, un tío muy simpático que al final nos hizo reír a todos, con su media lengua. También quiero recordar que fueron muchas las noches que nos asustábamos, unas porque oíamos sobre nuestras cabezas el silbido de alguna bala, sin saber quien la disparaba, otras, porque los legionarios que teníamos de vecinos (una sección, creo que del IV Tercio), hacían sus simulacros de combate. Eran unos bravos guerreros mandados por su jefe el Tte. Toribio. Voy a contar mis salidas del Fuerte, que fueron varias, unas, de patrulla como un NOMADA que se precie, siempre motorizada pues las montadas (a camello claro esta), eran mandadas por los tenientes Valencia y Martín y formadas por suboficiales y tropa nativa, los cuales salían del destacamento con sus originales y vistosos ropajes aunque todos serios y respetuosos. Eran despedidos por el capitán y toda la gente importante del Destacamento y lo mismo ocurría a su vuelta, después de muchos días de recorrido por el desierto, aunque al regreso se les notaba el cansancio a personas y animales. Recuerdo también a los familiares de los nativos, los cuales acudían a recibirles, procedentes del poblado de “jaimas” que estaba a 1.000 metros aproximadamente del Fuerte. Yo también hice "mis pinitos" montando a camello. Una vez estuve en un pequeño simulacro de patrulla montando en uno de ellos y fue algo inolvidable, por lo duro de las rozaduras en el trasero, con el dichoso balanceo del animal.

Las salidas más frecuentes las hice con un camión Berlier , ( creo que era de la Policía Territorial), a por leña para el horno de pan. Solíamos ir con unos guías y dos o tres soldados europeos, entre ellos los panaderos de Intendencia. Estas salidas nos servían para matar dos o tres gacelas y así recordar el sabor de otra carne que no fuera de camello y al mismo tiempo traer leña para el horno. No mucha, pues de esa forma, al poco tiempo, teníamos excusa para volver a salir a esa misma zona donde encontrábamos leña de árboles que habían existido hacía cientos de años y entonces quedaban muy pocos vivos.

Había grandes rebaños de gacelas y algún antílope. El capitán nos prohibía matarlos pero cuando nos veía contentos hacer nuestros guisos, él hacia la vista gorda. Yo tenía siempre (gracias a Dios), muchas tareas que realizar en el Fuerte y pasaban los meses y todos salían de patrulla menos yo.

Un día le pedí al "Capi" que me dejara hacer una patrulla seria, tanto le insistí que en vez de mandarme a una de seis días que era lo normal, me mandó a un pequeño destacamento perteneciente a su mando llamado Agüenit pegado a la frontera de Mauritania. Esta patrulla mandada por el entonces Tte. Ramos- Yzquierdo duró quince días, creo que me la puso por castigo por haberle insistido tanto, pues como digo fueron quince días interminables, patrullando la frontera y el interior del desierto hasta la zona de los destacamentos limítrofes, la comida diaria era toda a base de tocino rancio, alguna lata de conservas y cereales, el pan era torta de los nativos, hecha con masa de harina de trigo, apartando las brasas de la hoguera, enterrándola en la arena cubriéndola y poniendo las brasas sobre esta arena.

Al rato salía una torta a la cual daban unos golpes para poder desprender la máxima arena posible y después poder comerla sin apretar los dientes ni masticar a fondo.

Quisiera recordar el buen recibimiento que nos dieron unos pastores nómadas en uno de nuestros recorridos alrededor de Agüenit, ya que nos invitaron a tomar té y pinchos de cordero. Nosotros a cambio los dimos toda la información que teníamos referente a lugares donde decían había llovido y era posible que hubiera pastos.

Mostramos nuestro agradecimiento por su calurosa acogida y decidimos entregarles parte de nuestras provisiones (azúcar, harina, sal, té, arroz, cereales, etc.). Recuerdo al jefe de aquel grupo de pastores con sus familias, hombre de unos cincuenta años una expresión de serenidad en su rostro. Emanaba una gran seguridad y respeto. Los niños, nos miraban a los europeos como si fuéramos bichos raros, pues los había de más de quince años de edad que no habían visto nunca gente distinta a su raza ni vehículos a motor a los cuales manoseaban constantemente fascinados.

Un domingo que estuve en este destacamento me acerque con unos nativos a unas ruinas de un poblado antiquísimo en el cual se veían algunas fosas que me llamaron mucho la atención por sus excesivas dimensiones. Los nativos dijeron que allí debajo habían esqueletos de hombres gigantes, quizás me tomaron el pelo. Un día de estos lo preguntaré a mis antiguos jefes para que me saquen de dudas.

También me llamó la atención la cantidad de alimañas que había en aquellos alrededores. Era normal, pues teníamos agua de un pozo y un basurero, donde tirábamos los pocos desperdicios.

Me impresionaban por la noche, aparte de los chacales, las enormes hienas, a las cuales alumbrábamos con nuestras linternas y nos miraban con descaro a pocos metros de distancia. La verdad es que nunca supe de nadie que fuera atacado por ellas.

El regreso a AUSERD fue muy agradable pues me esperaban sobre todo las cartas acumuladas de dos semanas, ya que el correo lo recibíamos por 'TALLARA" una vez a la semana. Dormir en mi cama, ver a mis compañeros, comer rancho del bueno, de la cocina de los bravos legionarios con sus buenos filetes de carne de camello (si tuviese que contarlos serían por lo menos tres los camellos que he comido yo sólo), lo comíamos con patatas fritas, con tomate, etc. Aquello ya era otra vida más agradable para mí. Recuerdo con bastante amargura los "SIROCOS" pasados en el desierto, viento huracanado del sur, con una temperatura igual o superior a los 50° C. que te volvía loco, porque no sabías donde esconderte. Aire irrespirable por ser caliente y espeso, ya que el polvo que arrastraba se te metía por todas partes, y si te tapabas peor, porque te cueces dentro de la ropa. Si algún día alguno de mis camaradas NOMADAS de AUSERD , leen estas anécdotas que cuento, recordaran el día que vino a visitamos el Ministro de Defensa con toda su corte de Ayudantes, junto con esposa e hijas. El desfile montado y motorizado fue bastante accidentado, pues no se veía mas allá de 40 metros de distancia, claro que su estancia duró 1 hora aproximadamente y marcharon rápidamente del lugar.

También recuerdo un viaje que hice al destacamento de TICHLA bastante más al sur de AUSERD. Fue con ocasión de la visita del pagador al cual fuimos a escoltar hasta allí, pues parece ser que no había avión para desplazarle y vino esta vez por tierra. Me alegre de visitar TICHLA pues tenía fama de ser un destacamento más duro que el nuestro y también más en vanguardia, dependiendo de la parte donde viniese el enemigo. Me alegré por ver a otro de mis paisanos y compañero de "tragos" debajo del radiador del Ford-K en el "Convoy maldito", este compañero es José Luis Risueño. El Fuerte de TICHLA era parecido al nuestro, algo más pequeño pero seguro y estaba mandado por un capitán llamado Lobo de apellido.Desde TICHLA fuimos hasta AARGUB donde el pagador montó en su "falúa" hacia VILLA CISNEROS y nosotros, la escolta, volvimos a AUSERD, todo ello después de tres días de los cuales pasamos una noche en TICHLA y otro en el desierto, en un paraje que me hace recordar mi amigo Rocher que se llamaba " LA GRARA DEL CABALLO O DEL CAMELLO", no estamos seguros.Ya de regreso a casa en AUSERD, la vida seguía para mi de categoría. Estuve con el subteniente Justo en la oficina donde aprendí mucho, al igual que mi compañero el NOMADA Asturiano Marcial Rodríguez. Este Stte. ya mayor, espero que pueda leer estas líneas y sepa que el "socio" del cabo Roca tiene un grato recuerdo suyo, digo "socio", porque así solía llamar a todos los que él apreciaba. Bueno, como es normal, tampoco yo me libré de un arresto, lo voy a contar, ¡que caramba! Debido a la responsabilidad que tenía referente al armamento y la munición, lo normal era que a la hora de su utilización el capitán me ordenara a quienes debía darles armas o municiones y lo cierto es que tenía prohibido darle nada a nadie; sin su orden. Entre los nativos había una costumbre, que era que cuando nacía un hijo (sólo si era varón), lo solían celebrar disparando unos tiros al aire. Una tarde me vino a buscar el sargento Mohamed y me dijo "Roca, dame cinco balas para el mosquetón, que vamos a celebrar el nacimiento del hijo de un soldado nativo", yo como es lógico me negué, diciendo que no tenía autorización del capitán. Mohamed se enfadó mucho y me dijo que quedaba arrestado en el puesto de guardia hasta que el dijera y así lo hice, desde las cinco de la tarde, hasta las diez o las once de la noche, hora en que venía el capitán de su paseo nocturno y me dijo. ¿Qué haces que no estás durmiendo?, le conté lo sucedido y me dijo —anda vete, que ya arreglaré yo esto con el sargento— y así quedó todo aunque luego el sargento Mohamed y yo nos llevamos divinamente todo el tiempo que duró mi estancia en el desierto, lo cierto, es que manejar la munición en aquel puesto era una cosa muy seria, tanto es así que en las fiestas o nacimientos donde se les daba munición para celebrarlas, el capitán siempre me decía —”acuérdate de contar todos los disparos, no sea que se les 'pierda' alguna bala y recoge todas las vainas"—. Yo así lo hacia, pero más de una vez las cuentas no me salieron, pues solamente escuchaba tres o cuatro disparos,cuando debía escuchar cinco, que en definitiva eran las vainas que me devolvían. Yo así se lo informaba al capitán que después lo comunicaba a los suboficiales nativos para aclararlo. Y llegado a este punto, quisiera finalizar mis vivencias y si mi mente me lo permite, volver a retomarlas y escribirlas en un futuro próximo.

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