La historia militar no puede limitarse a una simple narración de hechos, ya que tal cosa convertiría prácticamente este relato en un libro de efemérides. Si lo hacemos nosotros -que la vivimos de cerca- caemos en el error de narrar lo que nos gusta, olvidando el prisma del que la vivió al otro lado de la trinchera. Por eso hay quien sostiene que la historia debe escribirla al menos por personas de dos generaciones más jóvenes que la que la vivieron. Se puede objetar a esta elección que de hacerlo así, desaparece una de las mejores fuentes de la historia cual es el testimonio de los que la sufrieron. Esto no es tan grave. Pondré un ejemplo: Cuando quise saber lo que había pasado en el combate de Edchera, acudí a personas que habían estado allí. Nadie me contó lo mismo; cada uno de los entrevistados tenía una versión diferente; estaba claro que el combate a cada uno le había impactado de distinta forma. El testimonio no servía para nada.

En toda historia militar es indispensable que, además de lo narrativo se diga cuales fueron las causas de sus inicios y cuales fueron sus consecuencias, cuales fueron también las innovaciones, los procedimientos tácticos utilizados y los resultados finales, los aciertos y los errores. En una palabra, las enseñanzas obtenidas.

Conforme van desarrollándose los hechos, puede ser interminable el número de personas que entran en el juicio de la historia. Merece la pena rescatar para la posteridad la actuación de los mandos más comprometidos de uno y otro lado. Por ejemplo en la campaña de Libia y más tarde en Túnez en la II Guerra mundial van apareciendo nombres antagónicos como Rommel y Montgomery que pasan a la posteridad. De Trafalgar, sin Nelson ni Gravina probablemente no se podría haber completado con detalle lo sucedido.

En este caso concreto de la historia de las tropas nómadas, merece la pena narrar las vicisitudes más comprometidas de las unidades, incluso algunas bélicas, tratando de acentuar con énfasis los nombres, aunque no sean todos, de los responsables de una atinada o equivocada decisión de carácter militar y destacar entre ellos a los que, en su gestión política, más se identificaron con el entorno y el nómada que habitaba el desierto y que a nosotros nos conmueven con idéntica admiración que Lawrence de Arabia puede causar a los ingleses o el coronel Gouraud o Coppolani a los franceses. Hombres que vivieron y que entendieron el desierto, que lo amaron y que se ensamblaron con él de forma rigurosa y real y que de manera sencilla dejaron su huella en sus arenas.

Pero no caigamos en el exceso. Indro Montanelli, el historiador más sabio sobre el Imperio romano dice en el Prólogo de su Historia que “lo que hace grande la historia de Roma no es que haya sido hecha por hombres diferentes a nosotros, sino que haya sido hecha por hombres como nosotros”. Julio César por ejemplo fue de joven un gran canalla, mujeriego toda su vida y usaba un bisoñé porque se avergonzaba de su calvicie.

Esto no contradice su grandeza de general y hombre de Estado. Augusto no pasó todo su tiempo como un ordenador, organizando el Imperio, sino también combatiendo la colitis que le atacaba con frecuencia. En resumen, no es bueno mitificar en exceso a los grandes hombres que tienen un puesto de honor en la historia pero si es de justicia resaltar los nombres de aquellos que por su capacidad, honradez y eficacia merecen un especial tratamiento.

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