YEMÀA 2016, CELEBRADA EN LEÓN

CONFERENCIA Y EXPOSICIÓN 2016

 

Juan Tejero

 

Decidido que para este año fuera la ciudad de León la que acogiera a los Nómadas en su reunión anual, se fijaron los días 30 de septiembre y 1 y 2 de octubre, como fechas idóneas para reunirnos en la capital del antiguo reino de León, sin tener conocimiento que la ciudad estaría celebrando sus fiestas de San Froilán, patrón de la provincia. 

El Nómada Bayón, el único de la Hermandad residente en dicha ciudad, no nos alertó de esta contingencia y tuvo verdaderas dificultades a la hora de concertar alojamiento y comidas. Se mantuvieron las fechas elegidas y el último día del mes de septiembre 30 Nómadas nos reunimos en León dispuestos a disfrutar de unos días de convivencia, turismo, buena mesa y cultura.

Iniciamos la Yemaa con un vino de encuentro en el hotel Conde Luna, pues el nuestro  se  encontraba en obras y no pudo atendernos en este acto. Degustando un buen vino de la tierra y saboreando su magnífica cecina, pasamos una agradable tarde de recuerdos y añoranzas y nos pusimos al día de las novedades ocurridas a los Nómadas en el año en curso.

El siguiente día nos trasladamos en autobús a Astorga, visitando su hermosa catedral y el palacio episcopal, este último obra de Gaudí, de una gran belleza captó todas nuestras fotografías y alabanzas. Inmaculada García Pinacho, licenciada en Historia del Arte, nos fue explicando las características de las obras que estábamos visitando con todo lujo de detalles. Desde allí nos trasladamos al antiguo Regimiento de Lanzacohetes, actualmente RACA 62, donde un oficial y un suboficial nos dieron detalladas explicaciones de las piezas que tienen en plantilla y nos enseñaron al acuartelamiento: inmenso, bien conservado y limpísimo, aunque, al ser sábado la tropa brillaba por su ausencia. Terminamos la visita en Castrillo de los Polvazares, pequeño pueblo típico, convertido en un inmenso restaurante, y donde disfrutamos de un cocido maragato, que con sus buenas viandas y su tradicional secuencia de platos por este orden: carne, garbanzos y verduras y sopa, hizo las delicias de los comensales y aportó las calorías necesarias para reponer nuestras desgastadas fuerzas.

El domingo día 2 de octubre se inició con una visita a la catedral, la “pulcra leonina”, del más puro estilo gótico y con unas maravillosas vidrieras que son un regalo para la vista; de una gran luminosidad, pues la luz del sol se cuela por todos los rincones y, matizada por los diferentes colores de los amplios y vidriados ventanales, le da al recinto una calidez y armonía difícil de superar, posiblemente no exista otra catedral en el mundo con tantas y coloridas vidrieras, y su visión eleva el espíritu, dejando, con la visita, un poso de misticismo y religiosidad y una  nostalgia de la Edad Media, donde el cristianismo era el motor que movía al mundo. Inmaculada, al igual que en Astorga, nos fue detallando todas las características importantes del monumento y así quedamos todos bien enterados de las bellezas que atesora esta catedral, que junto a las de Toledo y Burgos, representan lo mejor del gótico en suelo hispano.

De allí nos trasladamos a San Isidoro, donde se encuentran enterrados los reyes del antiguo reino de León. Giramos una visita por sus diversas dependencias, admirando sus tesoros y nos detuvimos, especialmente, en la cripta donde, además de los sarcófagos, cuenta con unos techos admirablemente decorados con pinturas del siglo XI y que le han valido el sobrenombre de La capilla Sixtina del románico.

Vueltos a la plaza de la catedral, tuvimos tiempo de ver la procesión de los pendones (cada pueblo de la comarca tiene uno, sujeto a un largo mástil, que es trasportado por una sola persona) y las 100 doncellas que, según la leyenda, debían ser entregadas al califa cordobés por su ayuda al rey asturiano para recuperar su trono en el siglo VIII, muy guapas ellas ataviadas con trajes de la época y muy tristes, pues el ser entregadas a los árabes debía ser cosa seria y representaban bien su papel.

Costó trabajo reunirnos, pues el bullicio nos había desperdigado y las procesiones nos cortaban el camino al restaurante. Hubo que pasar por entre las cofradías y, gracias a los teléfonos móviles, se consiguió llevar a todos los Nómadas al restaurante donde reponer fuerzas. En un reservado para nosotros solos se desarrolló la última colación con gran alegría y promesas de volver el próximo año, pues, aunque los Nómadas ya estamos un poco usados, todavía nos quedan fuerzas para acudir a estas celebraciones, ver a nuestros antiguos compañeros, saludar y festejar a sus guapas esposas y quedar conjurados para, si Dios quiere, vernos el próximo año en la ciudad que se designe para ello. Vuelta al hotel, cada uno aparejó sus camellos, cargó con sus equipajes y regalos y nos pusimos en marcha para incorporarnos a nuestras graras, como es el destino de los buenos nómadas.

 

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